CAPO CAÍDO

Cae un capo y el gobierno presume victoria. Pero el narco no es un hombre: es una red de protectores, dinero y omisiones. Sin tocar esa estructura, solo cambia el nombre del villano. El sistema permanece intacto.

Isaac Guzmán

2/23/2026

Cuando abaten o capturan a un gran capo, muchos sienten que por fin se hizo justicia.

Es comprensible.

Nos gusta pensar que el mal tiene rostro, nombre y biografía. Que es una persona. Que basta con quitarla del camino y asunto resuelto.

Pero la realidad —y aquí viene lo incómodo— no es una película.

He reportado tres muertes que se vendieron como “históricas”: Amado Carrillo Fuentes, Ramón Arellano Félix y ahora Nemesio Rubén Oseguera Cervantes.

Y en las tres vi el mismo ritual.

Operativo.
Rumor.
Confirmación.
Conferencia.
La palabra “histórico” como si fuera vacuna.
Foto del villano.

Tres capos. Tres épocas. Tres gobiernos distintos.

La misma promesa implícita: ganamos.

¿Resultado?

El país siguió su curso.

Nada cambió.

¿Por qué? Porque confundimos al personaje con el sistema.

Porque el capo es persona.
El narco es estructura.

Y la estructura es la parte que casi nunca sale en la foto.

Es más fácil odiar a un hombre que examinar una red. El hombre tiene apodo y expediente. La red tiene leyes, reglamentos, silencios, permisos, omisiones. Es más aburrida… y por eso mismo es más poderosa.

El capo es la cara.

El negocio es la maquinaria.

Un capo no gobierna solo. Para existir necesita algo más que armas: necesita tolerancia, complicidad y miedo organizado. Necesita que el sistema se comporte, aunque sea por ratos, como su aire acondicionado: funcionando sin que nadie lo note.

Necesita engranes intactos: políticos que administran territorios; mandos militares y policiales que protegen o filtran; fiscalías que deciden a quién sí y a quién no; tribunales que estiran o acortan tiempos según convenga.

Y sí: también necesita empresarios que abran puertas al dinero, por codicia o por miedo. Necesita entornos profesionales donde la normalización hace el trabajo sin balazos. Necesita universidades donde se forman abogados, contadores y fiscalistas… y donde la violencia puede volverse tema de pasillo en vez de alarma.

Y necesita sociedad.

La que resiste.
La que se quiebra.
La que es cooptada.
La que calla para sobrevivir.

Eso no lo fabrica un solo hombre en la sierra.

Cuando el poder anuncia que cayó el villano, nos ofrece una historia tranquilizadora: el mal estaba concentrado en alguien y ese alguien ya no está.

Pero el truco está en lo que no dicen: el problema nunca fue solo ese individuo, sino la red que lo sostuvo durante años.

Por eso cada que cae uno, el gobierno repite: “golpe histórico”.

Y sí, es un golpe.

Pero a una pieza, no al tablero.

El poder necesita un villano visible para demostrar que “hace algo”. Es más fácil mostrar un cuerpo que explicar por qué durante años nadie tocó la red que lo protegía.

Es más cómodo cambiar de villano que cambiar de sistema.

Spoiler: ¿queremos justicia o queremos alivio?

La justicia exige revisar instituciones, responsabilidades y redes de protección. El alivio se conforma con una fotografía y un titular.

Yo he visto caer tres nombres que parecían intocables.

En ninguno cambió el fondo.

Cambió la cara del “enemigo público”.

Quizá lo verdaderamente histórico no sea la muerte de un capo, sino el desmantelamiento público y transparente de quienes lo protegieron.

Otro titular:

Cayó un protector.
Con nombre, cargo, red y patrimonio.

Ese día, y solo ese día, la historia empezaría a moverse.