Enrique Alfaro y el CJNG: las líneas hacia el abismo

Amenazas, pactos tácitos y silencios estratégicos marcaron el sexenio de Enrique Alfaro frente al CJNG. Entre atentados, desapariciones y cifras maquilladas, dos líneas se trazaron en Jalisco: la del gobierno y la del cártel. Ambas conducen al mismo abismo.

Jorge Ramírez

2/28/2026

A principios de noviembre de 2024, Enrique Alfaro comenzó a despedirse como gobernador de Jalisco. En anuncios pagados, reuniones públicas y transmisiones de video desde su cuenta de Twitter, se le veía exultante, muy convencido de su retiro de la política cuando terminara su encargo un mes después.

Algo no cuadraba. Alfaro había iniciado su mandato con mucho ímpetu, con un programa de gobierno que prometía refundar Jalisco y siendo un referente de oposición a la presidencia de López Obrador que también arrancaba entonces. Era evidente que, desde su primer día como gobernador, Alfaro había iniciado su carrera rumbo a Palacio Nacional. Sin embargo, seis años después su interés en la política se había extinguido y ahora sólo quería ser entrenador de fútbol. Y parecía feliz.

Enrique Alfaro enfrentó una situación muy difícil con el CJNG y su líder Nemesio Oseguera. En 2019, primer año de su gobierno, se hizo público un video atribuido al cártel donde hombres armados con el rostro cubierto, en voz de alguien que decía ser El Mencho, lo acusaba de no cumplir acuerdos y aliarse con sus enemigos para quitarle Jalisco.

Al año siguiente, las protestas ciudadanas que hubo en los primeros días de junio por la muerte de Giovani López, un albañil muerto a manos de la policía municipal de Ixtlahuacán de los Membrillos, activaron una reacción brutal de la policía y de agentes ministeriales encubiertos en contra de los manifestantes. Estos últimos, en camionetas particulares y armados con palos, cometieron delitos de desaparición forzada contra 80 de ellos, deteniéndolos arbitrariamente, golpeándolos y liberándolos a kilómetros del suceso. Enrique Alfaro se deslindó enfático del operativo y declaró que podría haber participado el crimen organizado, que tenía infiltrada a la fiscalía.

A finales de ese mes, ocurrió el fallido intento de asesinato de Omar García Harfuch en Ciudad de México, a manos de un grupo de sicarios del CJNG. El hecho cobró la vida de dos escoltas y una mujer que se encontraba en el sitio. Como resultado de las investigaciones, se dio a conocer al mes siguiente que el CJNG también tenía planes de asesinar a Enrique Alfaro, quien anunció medidas para reforzar su seguridad. Por si fuera poco, todavía a finales de ese año sucedió el asesinato del exgobernador Jorge Aristóteles Sandoval a manos del CJNG, un hecho insólito que estremeció a la clase política jalisciense y volvió a dar pruebas de lo que era capaz de hacer.

Pero la presión del CJNG sobre Enrique Alfaro fue más allá. En marzo del 2021, Ismael del Toro, un político muy cercano al gobernador, anunció que no buscaría la reelección como alcalde de Guadalajara, un cargo que lo hubiera proyectado naturalmente al gobierno del estado en 2024. Según el periodista Ricardo Ravelo, las razones de su renuncia no eran personales, como adujo, sino que estaban vinculadas con el asesinato del líder del Cartel Nueva Plaza, una escisión del CNJG que le disputaba abiertamente el control del estado en una guerra abierta que incrementó los homicidios y las desapariciones entre 2018 y 2020.

Amenazado, con riesgo él mismo de sufrir un atentado y con sus cuadros partidistas diezmados, Alfaro comenzó a desdibujarse. Abandonó su protagonismo y su línea de confrontación con López Obrador, cuya presidencia salió fortalecida en los comicios intermedios y sus políticas dejaron de ser cuestionados a nivel local. Si alguna vez Alfaro se propuso terminar con el CJNG y recuperar el control de la seguridad en Jalisco, esas intenciones fueron abandonadas. Quedaba seguir la política federal de “abrazos, no balazos”, dejar que el cartel operara según su arbitrio y maniobrar, por su parte, para que las cifras de homicidios y desapariciones dejaran de reflejar lo que estaba ocurriendo. Todavía en 2023 hubo cierto intento de controlar la violencia desatada en Tlajomulco, el epicentro del estado en homicidios, desapariciones y fosas clandestinas, pero un ataque con explosivos en julio de ese año, que dejó sin vida a 4 funcionarios y dos civiles, clausuró toda posibilidad.

El CJNG, por su parte, recompensó la renuncia de los gobiernos federal y estatal a combatirlo. Dejó de dedicarles videos amenazantes, hizo circular la versión de que su máximo líder, El Mencho, había muerto y se dedicó a controlar la delincuencia común en las sombras. Esto no impidió que, a otro nivel, el CJNG amenazara y quitara la vida a cientos de funcionarios. En los primeros 4 años de gobierno, 271 funcionarios públicos fueron asesinados, entre ellos decenas de policías. La autoría del CJNG hay que darla por supuesta en la mayoría de ellos. No obstante, la incidencia delictiva comenzó a caer en 2021 y se mantuvo baja en los siguientes años, aunque no sucedió lo mismo con las desapariciones que, a pesar del maquillaje, durante el sexenio de Alfaro sumaron oficialmente más de 9 mil casos.

En varias ocasiones, Alfaro atribuyó la situación de inseguridad de Jalisco a que en gobiernos anteriores se había borrado la línea entre buenos y malos, pero que el suyo la había vuelto a pintar. En lo personal, yo no dudo que fue así, pero el problema es que esa línea se limitó a su círculo cercano y no se extendió a todos los cuerpos de seguridad ni a la fiscalía. También el problema fue que dejó al CJNG que trazara la suya propia en las poblaciones que controla y actuara en consecuencia. Ambas líneas nos llevaron al abismo.

Profesor Universitario, X @joraplas