LA PARED CONTRA EL EXPEDIENTE
Daniela Báez busca justicia por abuso sexual infantil desde hace años. Ahora lo hace con otro lenguaje: interviene edificios públicos, diseña violentómetros y convierte la impunidad judicial en una alineación con nombres y cargos.


La puerta principal del Supremo Tribunal de Justicia estaba cerrada.
No por Daniela.
Por el futbol.
El Fan Fest de la FIFA ocupaba el Centro de Guadalajara con vallas, filtros, logística, ruido, estructuras metálicas y esa emoción oficial que siempre encuentra presupuesto, permisos y calle.
Daniela Báez entró por atrás.
Por Independencia.
Antes había estado en el Consejo de la Judicatura del Estado de Jalisco. Después llegó al Supremo Tribunal. No llevaba un escrito para que lo sellaran. No iba a esperar a que alguien la pasara. No iba a sentarse en una oficina a explicar otra vez lo que ha explicado durante años.
Llevaba carteles.
Cinta.
Rostros.
Nombres.
Una acusación convertida en diseño.
Eso es lo que hace distinto este episodio. Daniela no sólo salió a pedir justicia. Intervino los edificios donde, su caso se ha atorado, gastado y vuelto contra ella.
En los muros aparecieron fichas de jueces y magistrados. No como lista burocrática. Como jugadores de una alineación.
La pieza se llama “Selección Magistral de Inútiles”.
El título pega porque incomoda. Pero el fondo no es la burla. Es el expediente.
Luis Ignacio Ceja Arias aparece como portero. Ruth Gabriela Gallardo Vega, Elsa Navarro Hernández y Federico Hernández Corona aparecen en la defensa.
Daniela convirtió el lenguaje del Mundial en una acusación contra el sistema judicial: si la impunidad avanza, alguien la cubre; si el caso no pasa, alguien tapa la portería; si una víctima se cansa antes de llegar a justicia, no se cansó sola.
La cancha no explica el futbol.
Explica el poder.
Daniela fue víctima de abuso sexual infantil cuando estudiaba en la Preparatoria Regional de Chapala de la Universidad de Guadalajara. El profesor señalado públicamente es David C.
Tenía 15 años.
Después vino lo que en México suele venir después de una denuncia: instituciones, promesas, oficios, audiencias, peritajes, versiones, recursos, teléfonos que no responden, fechas nuevas, cansancio viejo.
La justicia no llegó como reparación.
Llegó como pasillo.
Daniela ha señalado al juez Luis Ignacio Ceja Arias por no vincular a proceso al profesor denunciado. En esa decisión, pesaron capturas de pantalla de Facebook y no se dio el valor que ella atribuye a peritajes que considera centrales.
Por eso lo puso de portero. No porque el cartel sea ingenioso.
Porque la imagen condensa años de frustración en una escena que cualquiera entiende.
La otra pieza que llevó a la calle fue un Violentómetro de los operadores de justicia.
Ahí Daniela no mide la violencia inicial. Mide la violencia que aparece después, cuando una víctima ya denunció y el sistema empieza a cobrarle la osadía de haberlo hecho.
El violentómetro habla de sanciones insuficientes, falta de rendición de cuentas, denuncias minimizadas, errores institucionales que vuelven impagable la búsqueda de justicia, apelaciones, amparos, procesos que se prolongan, audiencias suspendidas, protección negada, riesgo minimizado, testimonios ignorados, violencia reducida, credibilidad puesta en duda.
No es una infografía decorativa.
Es un mapa del desgaste.
Daniela entendió que, en un país donde la justicia casi nunca llega limpia, la víctima tiene que inventar herramientas para no desaparecer dentro del trámite.
Por eso diseña.
Por eso pega.
Por eso nombra.
Por eso toma la pared.
Porque el expediente, encerrado en papel, no alcanza para contar lo que cuesta seguir viva después de denunciar.
La justicia en México suele pedir paciencia. Mucha. Demasiada. Pide documentos, tiempo, dinero, temple, silencio, buena conducta, tono correcto, confianza en la institución.
Daniela hizo otra cosa.
Pegó el expediente en la pared.




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