LA PREGUNTA DE FONDO.


El presupuesto del CUCSH para 2026 está etiquetado en 753 millones de pesos, con 707 millones para nómina y 46 millones para todo lo demás. Si esa estructura resulta insuficiente para sostener servicios básicos, la pregunta no es por qué los estudiantes no pagan más. La pregunta es por qué la distribución interna del presupuesto deja a la operación, donde caben las necesidades cotidianas del estudiante, con apenas el 6% del total.
Y por qué, frente a esa insuficiencia estructural, la administración del Centro decidió escalar a una figura no reglamentada antes de gestionar por la vía formal una reasignación de recursos, una ampliación presupuestal o una revisión de la pirámide salarial.
La pregunta, en última instancia, deja de ser por qué el CUCSH gasta así. Es por qué la Universidad de Guadalajara, en su conjunto, sostiene una pirámide presupuestal en la que la inversión cede sistemáticamente terreno frente al gasto corriente, en la que el 42.5% del presupuesto total se ejerce desde la administración central antes de tocar a los centros, y en la que la operación cotidiana —donde el estudiante toma clase, va al baño, lee en la biblioteca, busca un bebedero— compite por las migajas.
Una universidad pública existe para formar estudiantes. Si en su estructura presupuestal el estudiante aparece como contribuyente y no como destinatario, lo que está en discusión rebasa al CUCSH. Es una pregunta sobre el modelo de gasto de la educación superior pública en México.
En un Centro Universitario con 753 millones de pesos asignados para 2026, el estudiante recibe, en términos de gasto operativo, menos de 300 pesos al mes. Y la administración, frente a esa cifra, no busca primero ampliar el presupuesto operativo. Busca cobrar más a quienes ya están adentro.
La próxima vez que entres a un baño sin papel, a un aula sin aire, a una biblioteca con goteras, a un pasillo con la basura desbordada: ya sabes la cifra. Trescientos pesos al mes. Para todo. Para ti.
