UNA SOLA.

Tras 16 años de horror la pregunta de fondo ya no es solo qué tanto poder tuvo El Mencho. La pregunta es qué tanto dejó de hacer el Estado jalisciense mientras ese poder se convirtió en régimen de horror para miles de personas.

Isaac Guzmán

3/13/2026

Antes de hablar, el fiscal ya está pidiendo perdón. Está sentado como quien se achica solo: hombros recogidos, codos pegados, una pluma atrapada entre los dedos, la voz abajo. Cuando por fin se mueve hacia el micrófono, no lo toma: lo roza. No se planta frente a la pregunta; se ladea. No proyecta; murmura. Casi como si no quisiera que se escuchara demasiado claro lo que estaba a punto de admitir.

Y lo que admite es brutal por pequeño: que Jalisco, después de 16 años de sangre, horror, miedo y desapariciones, apenas puede exhibir una carpeta judicializada contra El Mencho, ligada —dijo, casi en voz de trámite— al asesinato del exsecretario de Turismo.

“¿Jalisco estaba investigando a Nemesio Oseguera? ¿Hay carpetas de investigación abiertas contra el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación o no hay ninguna carpeta abierta o judicializada?”, le cuestiona la periodista.

“Sí, sí hay una carpeta judicializada… Hay una carpeta desde luego… Es por cuál caso… Tengo entendido que fue por caso del secretario de Turismo; es la orden de aprehensión que data contra él… Seguramente fue participación del autor del autor”, responde Salvador González de los Santos, el fiscal general, en voz baja, a penas y tomando el micrófono.

No es una revelación menor. Es una radiografía. Mientras la periodista pregunta por carpetas abiertas y causas judicializadas, Jalisco queda resumido en una respuesta flaca: sí, una. Una sola. Demasiado poco para tantos años de terror.

Porque aquí no estamos hablando de un pistolero cualquiera ni de un expediente perdido entre miles. Estamos hablando del jefe criminal que convirtió a Jalisco en marca mundial del horror, y del Estado que hoy apenas puede enseñarle una causa local. Una sola.

Ese tamaño de desproporción no se maquilla con tecnicismos. Dieciséis años de horror, sangre, desapariciones, fosas, amenazas, pueblos disciplinados por el miedo, colonias enteras aprendiendo a bajar la voz, ciudades que se acostumbraron a encerrarse. Y del otro lado, una sola orden. Una sola.

La brutalidad del dato no está solo en lo que dice. Está en lo que barre debajo del escritorio. Si existie tal nivel de violencia en delitos del fuero común, ¿dónde quedaron las investigaciones estatales por los otros crímenes?

Porque el argumento fácil sería esconder todo bajo la cobija federal: narcotráfico, delincuencia organizada, armas, competencia de la Federación. Pero los muertos en Jalisco no son federales. Las desapariciones en Jalisco no son federales. El miedo cotidiano tampoco. El horror no es federal.

Si para la Fiscalía General de Jalisco el resultado visible fue una sola orden de aprehensión local, la lectura es que existe una mezcla de debilidad institucional, fragmentación de competencias, incentivos perversos y posible tolerancia de zonas grises entre crimen y autoridad.

La DEA, por su lado, mantuvo a Oseguera como fugitivo prioritario por cargos de narcotráfico y ofreció hasta 15 millones de dólares por información, lo que subraya el contraste entre la intensidad de la persecución internacional y la estrechez de la respuesta penal local exhibida por Jalisco.

Dicho más seco: si el capo más emblemático de Jalisco fue más perseguido afuera que adentro, el problema no es solo criminal. Es institucional y político.

Y cuando el problema también está aquí, ya no basta hablar de impunidad como si fuera un accidente administrativo. La impunidad puede explicar la torpeza. Lo que asoma en esta escena es algo más incómodo: una institucionalidad incapaz, rebasada o acomodada.

Porque un sistema serio no llega a una rueda de prensa con una respuesta temblorosa, casi de trámite, sobre el hombre cuyo grupo hizo de Jalisco un mapa de fosas, horror, sicarios y silencios. Un sistema serio llega con expedientes, nombres, rutas, cifras.

Aquí no apareció eso. Apareció una admisión mínima, casi avergonzada, dicha en voz baja, como si el volumen pudiera achicar el tamaño del fracaso. Pero no pudo. A veces una frase pequeña alcanza para exhibir una derrota institucional completa.

La pregunta de fondo ya no es solo qué tanto poder tuvo El Mencho. La pregunta es qué tanto dejó de hacer el Estado jalisciense mientras ese poder se convirtió en régimen de horror para miles de personas.

Porque cada ausencia de investigación también produce historia. Cada carpeta no integrada, cada autor intelectual no perseguido, cada red local no tocada, cada crimen reducido a estadística, fue ampliando el margen de maniobra del monstruo y encogiendo al Estado.

Spoiler: Por eso la declaración del fiscal general de Jalisco importa tanto. No confirma la fuerza del capo. Confirma la pequeñez de la respuesta local frente a su legado criminal. No habla solo del hombre más buscado. Habla del sistema que no estuvo a la altura.

Y ahí está la herida que ninguna conferencia tapa: Jalisco no solo sufrió a un jefe criminal. También sufre un aparato incapaz de traducir años de horror en justicia propia. Dieciséis años de infierno. Una orden local. Así se fabrica el descrédito del Estado.